La tarde en el Bosque Encantado

¡Por fin podía respirar tranquila! ¡Menudo susto se había llevado María aquella tarde! Aún le palpitaba el corazón con fuerza de los nervios que había pasado.

María se había ido con sus sobrinos a dar un paseo que rodeaba el pueblo en el que veraneaba con sus padres, sus hermanos y sus respectivas familias. Durante el paseo, uno de sus sobrinos se había separado del grupo y no lo veían…

María era una joven alocada, simpática y alegre, siempre atenta con sus sobrinos aunque también sabía estar seria y enfadarse cuando tocaba, aunque alguna vez excesivamente, pero en el fondo era noble y buena. Físicamente, era muy parecida a su madre: alta y delgada, cabellos largos oscuros que solía recoger con una cola de caballo o una trenza para evitar que se le fueran a la cara, especialmente cuando estaba con los niños.

Aquella tarde, no era una excepción: se recogió el pelo en una larga trenza porque iba estar con sus sobrinos toda la tarde. Les había prometido a los niños que les llevaría al Bosque Encantado, como llamaban al bosque que había cerca de la gran casa familiar en la que estaban pasando verano. Pensó que así, sus hermanos podrían descansar un tiempo de los niños…

María y sus cinco sobrinos salieron de la casa rumbo al Bosque Encantado en cuanto los niños se despertaron de la siesta y hubieran merendado. Una vez salieron de la casa, giraron hacia la derecha para tomar el camino que los llevaría a su destino. Los niños corrían de aquí para allá, gritando alborozados por el buen tiempo y la alegría de estar con su tía toda la tarde.

La joven llevaba de la mano a los gemelos, Luis y Carlos, de tres años. Los otros tres, Mónica, Pedro y Ana, iban delante de ella, pero lo bastante cerca para no perderlos de vista. Se adentraron en el bosque y se fueron metiendo en él hasta llegar a un claro donde allí podrían jugar al escondite o al pilla-pilla.

Mientras los niños se jugaban entre los árboles cercanos al claro, María sacó de la cesta un libro. Era una ávida lectora y no perdía la menor oportunidad que tenía para poder leer, por lo que siempre llevaba encima un libro. Se puso a leer después de mirar que los niños estuvieran cerca y los pudiera ver desde la sombra del árbol en el que estaba apoyada.

–Niños, por favor, no os alejéis mucho –les dijo.

–Vale, tía María –le respondieron los chiquillos.

Tanto le absorbió la lectura que no se dio cuenta de que uno de los gemelos se había ido alejando lentamente. Se percató de ello cuando su hermano Carlos le preguntó por él.

–Tía María, ¿dónde está Luis? No lo encuentro…

Ella levantó la mirada y echó un vistazo a su alrededor para ver si estaba cerca. No lo vio y, de un salto, se levantó y empezó a buscarlo.

Reunió a los cuatro niños que estaban cerca de ella y se dispuso a buscar al pequeño, con el corazón encogido por el susto y por el remordimiento de no haber estado demasiado atenta con los niños por culpa de haber estado leyendo esa absurda novela…

–¡Luis! ¡Luis, ¿dónde estás?! –gritaban los pequeños con su tía.

No aparecía y María empezó a ponerse cada vez más nerviosa: “¿por qué tendría que haberse dejado llevar por ese libro? ¿Por qué no había estado un poco más atenta?” se repetía una y otra vez, mientras buscaba al chiquillo llevando de la mano al gemelo y lo intentaba tranquilizar.

De pronto, empezaron a oír gemidos y sollozos a su izquierda. María pidió a los niños que se callaran para poder oírlo mejor y saber de dónde procedían. En silencio, fueron buscando de dónde venían los sollozos, cuando Mónica, de repente, exclam

–Tía María, ¡Luis está aquí!

Se acercaron todos corriendo a un pequeño matorral que había al lado de un árbol. Allí estaba acurrucado Luis.

María cogió al pequeño en brazos y se sentó sobre una roca para mirar si había sufrido algún daño, mientras le preguntaba:

–¿Por qué te has alejado de nosotros? ¡Qué susto nos has dado!

–Tía María, estaba siguiendo a un pajarito… ¡Mira, aquél! –dijo Luis mientras señalaba una pequeña lechuza parda que había en una rama cercana. Su tía suspiró aliviada por haberlo encontrado.

En cuanto María se aseguró de que Luis no se había hecho daño, decidió que lo mejor era volver a la casa oyes se estaba haciendo tarde.

Mónica y Ana empezaron a cantar canciones y, enseguida los demás se animaron a seguirlas mientras volvían a casa. María llevaba de la mano a los gemelos, vigilando que no se separaran de ella ni se rezagaran.

Poco a poco, el pequeño grupo de aventureros se fue acercando a la casa, donde les esperaban los tíos y los abuelos para cenar.

Estando cerca ya de la casa, los niños empezaron a correr hacia sus padres:

–¡Papá, Mamá! ¡Hemos ido al bosque y hemos estado jugando!

El pequeño Luis tiró de la mano de su tía y le pidió que lo cogiera, estaba muy cansado y no quería caminar más…

María se agachó y cogió en brazos a su sobrino. El niño estaba exhausto después de tantas emociones y quería un poco de mimitos de la tía. Cuando llegaron a la casa, se había dormido en sus brazos del cansancio.

La joven lo subió al cuarto y lo acostó. Acto seguido, bajó a ayudar con los demás niños y oyó que contaban entre risas su pequeña aventura. No pudo evitar sonreír mientras se sentía tonta por el despiste. No volvería a suceder.

Cuando, por fin, los niños se fueron a dormir, María pudo sentarse en el sofá y respirar tranquila después de tanto estrés. Por suerte, habían encontrado a Luis y no había sufrido ningún daño. El pequeño estaba durmiendo arriba con una gran sonrisa en su cara, sólo había seguido a un pájaro…

María se pudo relajar con sus hermanos pero enseguida cayó dormida en el sofá también del cansancio.

Una cosa había aprendido: si estaba con los niños no podría leer su novela. La próxima vez iría con más cuidado e, incluso, jugaría con sus sobrinos. Era una manera de vigilarlos mientras disfrutaba con ellos recordando juegos de su infancia, cuando ella iba al Bosque Encantado con sus hermanos a jugar…

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